Para conocer a un pueblo hay que saber lo que comían

Amber VanDerwarker es una joven investigadora forma parte de una nueva generación de arqueólogos que centran sus indagaciones en la letra menuda de las civilizaciones precolombinas. Concretamente, Amber VanDerwarker rebusca entre los restos alimenticios de los olmecas, porque está convencida de que la dieta de la gente corriente puede desvelar muchos secretos de su enigmática cultura.

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Dime lo que comes y te diré quién eres… o quién eras. Ese es el lema de la joven arqueóloga Amber VanDerwarker, de Universidad de California, en Santa Barbara, que se dedica a indagar sobre la vida cotidiana de la cultura olmeca, que prosperó en Mesoamérica entre 1400 y 300 a. C. Los escasos rastros de su presencia –como las enigmáticas cabezas gigantes que nos miran con ceño malhumorado– se encuentran principalmente en los pantanos que bordean el golfo de México.

Los arqueólogos veteranos pasan la mayor parte de su tiempo profesional discutiendo acaloradamente si los olmecas pueden proclamarse como los fundadores de la civilización mesoamericana –es decir, si eran los principales exportadores de religión, arte y cerámica al resto de esta región del Nuevo Continente– o si simplemente desarrollaron una de las muchas culturas que aportaron su grano de arena a la estructura religiosa y social de los mayas, los aztecas y otras sociedades anteriores a la llegada de Colón. Pero tales discusiones oscurecen el trabajo de una nueva generación de arqueólogos que se preguntan sobre aspectos más fundamentales acerca de aquellas gentes. Es decir, qué comían, cómo vivían o cómo trabajaban. La diferencia de enfoque marca una revolución silenciosa en el estudio de la antigua Mesoamérica, que hasta ahora sólo se había abordado a través de sus estructuras monumentales, sus reyes y la iconografía de la élite.

“Para aprender sobre un pueblo hay que conocer sus hábitos cotidianos. Debemos saber lo que hacía la gente corriente fuera de los grandes centros urbanos. Y nada nos marca y define tanto como la comida”, dice VanDerwarker, de 34 años, en una entrevista telefónica. “Sin embargo, nadie ha hecho todavía un estudio consistente y completo sobre los restos vegetales hallados en las inmediaciones de las estructuras olmecas. Es un ámbito completamente olvidado. Yo trato de llenar ese vacío averiguando no sólo cómo se alimentaba la gente, sino la manera en que cambió su dieta con el paso del tiempo”.

Para conseguir su objetivo, VanDerwarker pasa mucho tiempo escudriñando fragmentos de plantas calcinadas y restos óseos de peces, conejos y otras criaturas de unos 3.000 años de edad. Su trabajo comenzó a dar frutos mientras estudiaba en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, cuando examinó los vestigios vegetales y animales obtenidos por el arqueólogo Philip Arnold en la región de Tuxtla, al norte de San Lorenzo y los grandes centros olmecas. Descubrió que, a diferencia de las antiguas civilizaciones de Egipto, China y Mesopotamia –que aprendieron a guardar una cosecha de un tipo determinado de alimento para los tiempos de invierno o sequía–, la cultura olmeca no se basaba en un solo cultivo.

“La vieja idea era que la llegada al poder de los olmecas estaba ligada al maíz”, explica VanDerwarker, “pero yo hallé restos de frijoles, cebada y arroz, alimentos coordinados por los poderes centrales a través de una enorme red de cultivos. Estoy convencida de que el maíz no lo sustentaba todo, de que los olmecas se centraron en ese cereal sólo durante sus últimos años. Además, cultivaban aguacates y árboles frutales, pescaban y cazaban ocelotes, venados, conejos y tortugas. Tenían, pues, abundancia de recursos y su economía era variada”.

En nuestros días, el territorio olmeca sigue siendo de difícil acceso cuando llueve. Los arqueólogos modernos siempre han tenido muy en cuenta esta región húmeda y pantanosa, tan distinta al valle seco de Oaxaca y a las frías tierras donde hoy se asienta Ciudad de México, la patria de los aztecas. Su cultura ha intrigado al gran público gracias a las famosas cabezas gigantes de reyes y jefes tribales de hasta 20 toneladas de peso, desenterradas en los pantanos en el siglo XIX. Algunos parecen ser jugadores de pelota, ataviados con lo que podría describirse como un caskenethco de cuero de fútbol americano. Al principio se creía que fueron tallados por los mayas, pero después se descubrió que la región que los aztecas llamaban “lugar de las riquezas” estaba llena de restos más antiguos.

Tras años de investigación, Matthew Stirling, del Instituto Smithsonian, y el historiador mexicano Miguel Covarrubias llegaron a la conclusión de que las colosales cabezas eran las esculturas monumentales más antiguas de Mesoamérica, según demostraba la datación realizada con radiocarbono. Pero esta afirmación fue recibida con una controversia que aún no se ha apagado.

En 1960 fue hallada en San Lorenzo la ciudad olmeca más antigua, donde podrían haber vivido 5.000 personas. Allí se alzaba el llamado Palacio Rojo, una estructura con suelo de gravilla y paredes de barro pintadas y decoradas con motivos de piedra, que tenía un sofisticado sistema de drenaje fabricado en basalto. Algunas de las esculturas allí encontradas representan jaguares, serpientes y criaturas mitad sierpe y mitad hombre, una iconografía que se repitió durante milenios en toda Mesoamérica, desde las ciudades mayas de Yucatán hasta Tenochtitlán, la capital azteca, en el norte.

Alrededor del centro urbano de San Lorenzo, en un área de 400 kilómetros cuadrados, otras 13.000 personas habitaban 19 aldeas y 76 isletas de barro; en algunas de estas últimas sólo había espacio para una casa. Todos los núcleos estaban emplazados junto a una red de ríos y canales, por lo que eran perfectas para la pesca. Según los expertos, esta extensión de la ciudad principal en forma de ciudadelas, barrios y casas individuales no tuvo precedentes en la Mesoamérica primitiva.

VanDerwarker pretende demostrar que los olmecas vivían bajo un sistema de tributos a una autoridad. “Se trataría, pues, de una economía donde la gente pagaba al líder con sus cosechas. De este modo, el cabecilla recaudaba lo necesario para construir edificios y obras públicas, y al mismo tiempo, la élite no tenía que cultivar su alimento. Pero demostrar esta hipótesis implica hacer algo que ningún arqueólogo ha llevado a cabo hasta el momento: averiguar qué comía la gente y, a continuación, seguir el movimiento de ese alimento desde las poblaciones periféricas hasta el centro urbano. Todavía estoy recogiendo los datos para confirmar o echar por tierra el modelo”.

La dieta de un pueblo también proporciona pistas sobre su política y estatus social. El problema es que no hay muchos arqueólogos con la preparación suficiente para analizar restos de plantas y animales antiquísimos. De hecho, el laboratorio de VanDerwarker está lleno de peticiones para que analice puñados de tierra procedentes de diversos lugares del mundo.

Su análisis es macrobotánico –es decir, se puede realizar a simple vista o con un microscopio de pocos aumentos–, y comienza con la recogida de grandes cantidades de tierra, en todos los contextos posibles. “Nos llevamos bolsas de 10 litros, y llenamos cientos de ellas”, explica Van- Derwater. “Después vertimos esa tierra dentro de lo que llamamos tanque de flotación, un depósito de agua con un tamiz fino en medio diseñado específicamente para tal propósito. Puesto que los lugares de excavación olmeca se encuentran en ambientes tropicales y húmedos, el material vegetal se descompone rápidamente. Sólo perdura cuando se quema y ennegrece, o sea, cuando la materia orgánica se convierte en carbón. Lo que sucede al verter la tierra en el tanque es que dicho carbón flota hasta la superficie porque es muy ligero. A continuación, recogemos los restos, los secamos y los guardamos para identificar a qué plantas pertenecían. Finalmente, los enviamos a un laboratorio especial para que los daten con el carbono 14, técnica que, como es bien sabido, permite llegar hasta los 10.000 años de antigüedad”.

Pero además de las cosas que flotan, VanDerwarker y su equipo estudian todo lo que se hunde hasta el fondo. “Los tanques tienen un filtro, similar a las mosquiteras, que deja pasar la tierra y captura trozos de cerámica, semillas de aguacate, piedras, etcétera. Una vez que tengo todo identificado y fechado, es cuando comienza el verdadero análisis. Busco patrones en el tiempo y en el espacio. Por ejemplo, puedo comparar los materiales de varios yacimientos arqueológicos, o de varias zonas dentro de un mismo lugar de excavación, de tal manera que dentro de un importante centro político se pueden obtener muestras de las áreas frecuentadas por la élite y por las clases más bajas, y de los espacios ceremoniales, por ejemplo. La idea es comprobar si se encuentran los mismos tipos de alimentos en las diferentes zonas”.

Volcada en estas sutilezas de la intrahistoria olmeca, VanDerwarker se mantiene al margen de los debates sobre el papel seminal de esta civilización en el mundo mesoamericano, si son o no los sumerios de la región. “No es una discusión que nos permita aprender mucho acerca de esas sociedades, sino una disputa sobre quién fue mejor. Las cabezas olmecas, hermosas pero mudas, han capturado la imaginación de todos. Era un pueblo razonablemente complejo y muy antiguo. Y no vivía en el vacío: sus contemporáneos lo conocían. Por eso creo que es tan importante entender cómo era su organización política y económica, ya que esto arrojaría luz sobre las institucio- “Comprender el pasado nos permite enfrentarnos mejor al cambio y la catástrofe” nes más complejas que vinieron después”.

La investigadora está firmemente convencida de que la arqueología nos ayuda a conocernos a nosotros mismos. “Comprender el pasado es importantísimo. Muchas veces no tenemos la profundidad de pensamiento suficiente para captar lo que nos está afectando ahora mismo, qué procesos están condicionando la cultura humana, qué influye en las decisiones de nuestros representantes. La arqueología nos permite mirar hacia atrás –a las alteraciones medioambientales, a los procesos políticos y a las transformaciones sociales– para explicar cómo nos enfrentamos a las catástrofes y al cambio. Básicamente, nos ayuda a entender el proceso sociopolítico de la misma forma que hace la paleogeología con el cambio climático”.

Los estudios de VanDerwarker parecen aportar pruebas sólidas sobre la teoría de que la forma de vida de los olmecas era radicalmente distinta a la de las primeras civilizaciones de Asia y África, aunque todavía queda por demostrar si los pobladores de los centros urbanos experimentaban una realidad distinta a los habitantes de los suburbios. Imaginemos a los arqueólogos del futuro removiendo los restos de la ciudad de Washington. Dentro de 2.000 años, la sociedad de las hamburguesas, las patatas fritas y el colesterol no saldría precisamente retratada en los vestigios hallados en la Casa Blanca o el Pentágono. O como muy bien dice la investigadora, “es obvio que no podríamos entender nuestra propia sociedad limitando el enfoque a Donald Trump o Paris Hilton”.

* Ángela Posada-Swafford  (Muy Interesante, Oct. 2008)

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