Tenemos que aprender a morir

El suicidio asistido y el turismo de la muerte en Suiza recobran actualidad tras la publicación, la semana pasada, de un estudio de la Universidad de Zúrich. Vivir y morir son dos derechos fundamentales que no se contradicen, sostiene el filósofo suizo, Hans Saner.

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Pie de foto: Hans Saner en Schützenmatt, el parque basiliense donde también solía pasear su maestro, Karl Jaspers. (swissinfo)

Este intelectual pronunció recientemente una conferencia en el marco de la exposición fotográfica ‘Vivir una vez más antes de morir’ en el Kornhausforum de Berna. Entrevista.

swissinfo: La muerte es tema tabú, al mismo tiempo fascina a la gente. ¿Por qué?
Hans Saner: Creo que estamos fascinados porque todos sabemos que vamos a morir, pero no cuándo ni cómo. En esta fascinación se mezcla una dosis de miedo que en ciertas circunstancias puede volverse agobiante. En este estado – fascinado y atemorizado – uno oscila entre la infelicidad y la felicidad de saber que ineludiblemente vamos a morir.

swissinfo: ¿Por qué dijo en su conferencia que “debemos aprender a morir a tiempo”?
H.S.: Este pensamiento de Nietzsche se interpreta hoy en el contexto de que el ser humano alcanza cada vez mayor edad, con lo que surgen enfermedades casi intratables. No debemos engañarnos; en general la vejez está asociada al sufrimiento. Por ello decrece el número de personas que a cualquier precio quieren llegar a ser muy viejas. Este es un ideal cuantitativo y falso.

Debemos preguntarnos más bien cómo conservar la calidad de vida en la vejez. Si ésta se pierde, uno tiene el derecho a decir ‘basta’. Y es que hay un doble derecho humano fundamental: a vivir, lo que significa que nadie, tampoco una institución, tiene derecho a matarme. Y a morir, que significa que si quiero acabar con mi vida y soy jurídicamente capaz de ello, nadie tiene el derecho de hacerme desistir. Estos dos derechos no se contradicen: uno prohíbe la violencia contra mí, que no se me mate; y el otro prohíbe obligarme o condenarme a sufrir.

swissinfo: Entonces tenemos la libertad también para quitarnos la vida.
H.S.: Sí. Somos seres casuales, pero en el proceso de la vida, en cierto modo nos hacemos cargo de nosotros mismos. Es decir, no somos más seres casuales, sino que estamos en el curso de una biografía que nos determina. No todo puede dejarse completamente al azar. La ansiada independencia encierra la posibilidad de ir voluntariamente a la muerte.

swissinfo: Lorenz Imhof, coautor de un reciente estudio sobre el suicidio asistido y el turismo de muerte en Suiza, afirma que la cuestión no es vivir o morir, sino la forma de morir.
H.S.: Los ancianos no temen a la muerte, sino a todo lo que podría estar asociado a ella, o sea, la posible crueldad del sufrimiento. En este caso, suicidio asistido significa ayudar a morir. El problema es hasta qué punto es aceptable el suicidio asistido activo. Creo que debería ser aceptado cuando es deseado o exigido por el enfermo grave o por quien está cansado de vivir. Y debe ser denegado cuando es llevado a cabo contra esos deseos.

swissinfo: ¿El denominado ‘turismo de la muerte’ daña la imagen de Suiza?
H.S.: No lo creo. El suicidio asistido no es un fenómeno generalizado. Las apreciaciones vienen, en parte, de estratos que han visto de cerca la eutanasia pervertida. Lo que pasó en el Tercer Reich, los asesinatos en masa, no tienen nada que ver son el suicidio asistido, que no sólo debe ser permitido sino fomentado.

El ser humano no puede quedar abandonado al destino. Tenemos el derecho a acortar el tiempo de vida. Esto es lo que quiero decir con “debemos aprender a morir a tiempo’. El proceso de morir puede convertirse en algo muy difícil para una familia, para un grupo, y si el enfermo tiene el deseo de morir, no tenemos el derecho a prohibírselo.

swissinfo: Entre los hombres de 15 a 44 años, el suicidio es la causa de muerte más frecuente en Suiza. Pero un estudio de una universidad inglesa señala que los suizos son, después de los daneses, los más felices del mundo. ¿Cómo explica esta contradicción?
H.S.: Es difícil decirlo, las escalas son discutibles. En Suiza no se muestran los sentimientos o las emociones fácilmente. El que no nos quejemos no significa que nos sintamos felices, sino que tal vez renunciamos a la queja porque, justamente, no queremos mostrar los sentimientos. Si Suiza tiene la segunda tasa más alta de suicidios en el mundo, esto puede ser un indicio de un gran sentido de libertad con relación a la muerte; no aceptamos lo que el destino nos depara. Esto tiene que ver con la dignidad que poder decir ‘no’. Es un logro si no tenemos que subyugarnos a vivir contra nuestra voluntad.

swissinfo: ¿Y a usted, qué le hace feliz?
H.S.: Lo mejor en la vida son los amigos. El estudio, la conclusión de una obra, por lo general, es una lucha ligada a mucha disciplina y dureza contra sí mismo. Después de concluir una obra me siento vacío, muchos autores caen en la depresión.

Con los amigos hay la posibilidad de la conversación, de liberarse de la opresora cotidianeidad. También el amor hace feliz, pero la amistad es más importante y más fiable. El amor viene y se va. No tenemos poder sobre él; es vulnerable y a menudo se extingue rápidamente.

swissinfo: “Filosofar significa aprender a morir”, según Platón. ¿Tenemos que volvernos filósofos para aprender a morir?
H.S.: En los últimos tiempos se habla de nuevo de ello. El arte de morir es también el arte de vivir, y viceversa. Lo último de la vida es la muerte, la frontera de todo aquello sobre lo que no sabemos absolutamente nada.

* Entrevista swissinfo: Rosa Amelia Fierro, 14 de noviembre del 2008

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Breve biografia de HANS SANER
Nació en 1934 en Grosshöchstetten, cerca de Berna, y es el filósofo suizo vivo más renombrado.

Estudió Filosofía, Psicología y Germanística en Lausana y Basilea.

Fue discípulo de Karl Jaspers, filósofo y psiquiatra alemán que emigró a Suiza en 1948 y que conceptualizó una filosofía existencial basada en experiencias extremas.

Entre 1962 – 1969 fue asistente personal de Jaspers, cuyo legado póstumo se encarga de editar.

En 1967 presentó su tesis doctoral ‘La Paz eterna’ sobre los escritos de Kant, con la que ganó el premio Hermann Hesse en 1968.

Reside en Basilea y se manifiesta constantemente sobre cuestiones filosóficas y políticas de actualidad.
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