La escritora española Maruja Torres quiere morir matando

Dice Maruja Torres que la novela negra es una cosa de vejez. Que lo que a ella le gusta hacer ahora es “elegir a personas detestables, atarlas, imaginar el asesinato y luego hacer justicia”. Que de esta forma “destilas la maldad”, y que disfruta colocando a personajes de clase social alta como los malos, aquellos que matan “por ser más ricos, por tapar sus errores, por tener una vida más cómoda”. Reconoce que parece un tópico, pero que “es encantador envejecer y morir matando”.

Maruja Torres da buena cuenta de una cerveza bien fría y de un plato de salmón ahumado a los pies de las pirámides de Guiza, no lejos de donde comienza su última novela, “Sin entrañas”. La ex-reportera metida a detective por amor al arte Diana Dial, el alter ego de la Torres, con su mismo peinado, su misma lenguaraz desvergüenza y su mismo amor a decir lo que piensa, ha regresado a las librerías para resolver un nuevo crimen, esta vez en el Nilo. Un homenaje paródico a la gran novela deAgatha Christie, con un vapor, un misterio, el río y hasta una Lady (dos, para ser más exactos, una auténtica y una falsa); pero en lugar de ingleses, Maruja Torres ha llenado el barco de catalanes.

La autora ha viajado a El Cairo con un grupo de periodistas para presentar su libro, publicado por la editorial Planeta, y disfruta enseñando a los reporteros las maravillas de una ciudad que le fascina. Aunque las piernas le traicionan y reconoce que “este no es país para cojos”, Maruja trota con la imaginación por las pirámides, por el bazar de Jan al Jalili, compra regalos, habla con los parroquianos y pide una shisha (pipa de agua) tras otra. Se nota que añora Oriente Medio.

Ha ambientado la novela en los años previos al estallido de la revolución, “porque eso es lo que yo conocí, lo de Tahrir lo vi desde mi sofá y a través de Al Yazira, siendo muy consciente de que mi época ya no era ésta, mi época reporteril ya había pasado”. El paso del tiempo es un asunto queMaruja Torres, de 69 años, recuerda varias veces en la conversación, como cuando explica cómo Egipto le poseyó cuando vino en 2005 con varios amigos a arrojar las cenizas de su entrañable Terenci Moix en la bahía de Alejandría. “A mí las pirámides y los monumentos de aquí no me interesaban, me fascinaba más Petra, hasta que las entendí. Y las entendí a través de eso que escribía siempre Terenci sobre el sentido del tiempo y la muerte, y el deseo de eternidad. Cuando te haces mayor, eso lo entiendes mejor, no ves un monumento, ves otra cosa”, reconoce.

Maruja Torres ha entrado en el club de la novela negra –su debut fue “Fácil de matar” (2011), ambientada en Beirut-, y se divierte como una chiquilla haciendo maldades. Dice que disfruta estando “con los más golfos de la literatura”, y que “los autores son mucho menos pomposos y me lo tomo mucho mejor, porque yo nunca me he tomado en serio a mí misma como autora, hago el trabajo lo mejor que puedo pero no voy a cambiar la historia de la literatura”. Pero, ojo, “hay gente que tampoco la va a cambiar y se lo cree”, puntualiza.

«Hay una depresión salvaje»

Escribir una novela criminal supone “vivir durante un año en un mundo de fantasía, con los problemas que tú te pones. A ver, ¿cómo coño mato al cantante? Es un artefacto”, describe Torres. Dice la autora que la novela negra se ha puesto de moda “porque hay una depresión salvaje, y el género nació en Estados Unidos con la gran depresión”, y que la novela negra social es más cosa de hombres, que a las mujeres nos va más el crimen.

Puede ser, pero en “Sin entrañas”, también hay crítica social, un retrato, quizás a pinceladas, del Egipto que estalló el 25 de enero de 2011, ahogado por los corruptos, reflejados en el libro porHadi Sueni, ese director general de Antigüedades de sombrero Fedora y bolsillos amplios (un Zahi Hawass mal disimulado), e impulsado por los jóvenes con estudios y sin esperanzas, como Ismail en la novela, también inspirado en un amigo suyo. Y hay en el libro una descripción -exagerada, sin duda, pero presente en Oriente Medio-, del neocolonialismo, de los occidentales que llegan atraídos por el romanticismo de lo exótico, de ese Oriente de Agatha Christie y de“Description de l’Egypte”, que ya no existe pero que se empeñan en reproducir. “Yo he visto mucho el neocolonialismo y lo sigo viendo, e incluso tengo amigos que lo practican, que van a los sitios a lo que van. Yo voy a los sitios por amor al sitio, no por amor al otro, del que es mejor abstenerse si quieres tener una vida tranquila y una reputación”, apunta, pícara, la autora.

Es posible que a ese sueño le quede poco tiempo. El auge del islamismo en Egipto impone una realidad diferente. “Yo he visto crecer las barbas aquí y amontonarse los pañuelos en las cabezas”, afirma Maruja Torres, que ha dejado esa crítica para sus columnas y sus artículos, no para la novela. Pero recuerda, imitando con sorna la voz de un señor mayor con acento supuestamente árabe, cómo, tras una entrevista a un imán de Al Azhar cuando vino la primera vez a El Cairo en su época de reportera, con la primera guerra del Golfo, la institución le vetó. El imán le dijo que en Occidente no hacían felices a las mujeres porque no les daban hijos, y la autora, que ha tenido que escuchar esa perorata muchas veces en la región, se vengó en su artículo.

Desde entonces, reconoce, poco ha cambiado: “aunque hay mucho despertar, incluso entre mujeres veladas, el futuro de la mujer no se resuelve sin el fututo del hombre, y esto no se resuelve sin dinamitar la familia desde sus cimientos. El mundo musulmán, y yo diría que el árabe, tiene que descubrir el individualismo, el respeto a la vida y pensamiento propio, eso te lleva a respetar al otro. O avanzan todos junto o se hunden todos juntos”.

 

* PAULA ROSAS / EL CAIRO /Miercoles 18/04/2012 

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