La belleza de lo pobre

El Museo de Diseño de Moscú (MDM) abre sus puertas con una exposición sobre el diseño soviético de posguerra. Aspiradores, cámaras fotográficas, automóviles… En la exposición conviven productos que se fabricaban en serie con proyectos inacabados.

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“Cuando decidíamos cuál sería la primera exposición del Museo de Diseño de Moscú (MDM), comprendimos enseguida que debía ser de diseño nuestro y no occidental”, dice la directora, Alexandra Sankova. 

“Empezamos a buscar objetos de exposición e hicimos una gran cantidad de descubrimientos. No sólo tomamos objetos de museos privados y estatales, de coleccionistas y herederos, sino que también los adquirimos en sitios web, los recogimos gracias a amigos y en dachas, e incluso un par de ellos los encontramos en el basurero. Estos objetos constituyen nuestra infancia, el periodo más feliz de la vida. Y además, conseguimos dar con la gente que los hacía. Fue un milagro”. 

La exposición nos invita a mirar aspiradores viejos, cámaras fotográficas y planchas no como un conjunto antojadizo, sino como fruto del trabajo innovador de artistas e ingenieros soviéticos cuyos nombres finalmente se han descubierto. 

El diseño soviético se desarrolló sin estímulos visuales: en el marco de la economía planificada y fuera de la competencia con Occidente. 

En las décadas de 1950 y 1960 los bienes de consumo se produjeron en base a las posibilidades de las fábricas y no de las exigencias de los consumidores. 

Pero, en 1962, se creó el Instituto Científico y de Investigación de Estética Técnica de toda la Unión (VNIITE), “a fin de mejorar la calidad de los productos de ingeniería y los artículos de uso cotidiano mediante la aplicación de métodos de creación artística”. 

Toda la historia del diseño soviético es contradictoria. En ella se da un dualismo: el fabril y el individual. 

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En la exposición, junto a objetos producidos en series de millones, hay modelos únicos. Por ejemplo, vestidos manufacturados con telas de la fábrica ‘Krásnaia Roza’ se exhiben al lado de un traje confeccionado por encargo. 

Por un lado, vemos reproductores de música encendidos con altavoces de ‘cartón’ y, por el otro, cadenas musicales con tecnologías espaciales y maquetas de tecnología de audio, procedentes de la colección de la familia del diseñador petersburgués Nikolái Slesarev, hechas con papel perfectamente encolado (y que no llegaron a materializarse). 

Es un signo de esos tiempos: lo realizado convivía con lo que se quedaba meramente en proyecto, y esto último era más cuantioso. 

Hay objetos insólitos, podían permitirse hacerlos, y algunos que no llegaron a materializarse se exponen en maquetas. 

Llama la atención el anonimato: a pesar de que los objetos se producían en series millonésimas, nadie sabía los nombres de sus diseñadores. En el mejor de los casos, se conocía el nombre del estudio de diseños y proyectos. 

El Museo del Diseño, tras un esfuerzo ingente, descubrió los nombres de esos diseñadores. 

Muchos de ellos han sido grabados en entrevistas de vídeo que se enseñan en la exposición. Entre ellas, por ejemplo, está la de Yuri Soloviev, uno de los pioneros del diseño industrial en la URSS: inmediatamente después de la guerra le encargaron el diseño de un vagón de pasajeros. 

Hay también una entrevista con Vladímir Runge, diseñador de la fábrica de mecánica óptica Krasnogorsk, que producía una cámara fotográfica tan competitiva como la Zenit. 

Otro héroe es Valeri Akopov, el diseñador gráfico que elaboró el sistema de pictogramas para las Olimpiadas de Moscú de 1980. Svetlana Mirzoyan en Riga participó en el diseño del microbús RAF (que en tiempos soviéticos se utilizó como ambulancia y para otros servicios) y también creó objetos cotidianos como aspiradores y candiles. 

La curadora de la exposición, Alena Sokolnikova, explica que “ahora los principios del diseño técnico están muy próximos al concepto occidental de diseño ecológico contemporáneo, que no sólo incluye una forma externa armónica sino la utilización de materiales naturales. 

Hay una reflexión de todas las etapas de la existencia del producto, desde el envoltorio hasta el reciclaje. Vemos aquí, por ejemplo, una botella soviética de kéfir. No llevaba etiqueta (sin costes de impresión, pegamento y su posterior procesamiento). Según el color de las tapas de aluminio, variaba el contenido: no sólo de kéfir, sino también de leche, de riázhenka (leche agriada al horno) y otros productos lácteos. Todos sus materiales, el vidrio y el metal, se podían reciclar. Y con todo, el aspecto de la botella es estético y armonioso”.

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“Queremos mostrar que el diseño soviético no acaba con la vanguardia y el constructivismo», explica la directora del museo, Alexandra Sankova. 

Prometen que en un futuro desarrollarán cada una de las secciones de la exposición en muestras separadas: moda, diseño soviético para niños, ocio y hobby. 

Según Sankova, en el extranjero ya se han interesado por la exposición, a pesar de que el museo se acaba de inaugurar. Se sabe ya que, después de pasar por Moscú, la exposición se exhibirá en Eindhoven, en el marco del año dual Rusia-Holanda. 

 

* Artículo publicado originalmente en Kommersant.  9 de diciembre de 2012 ,(Tatiana Markina)

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